Berlenga Grande es la única isla habitada del archipiélago, Reserva de la Biosfera de la Unesco desde 1984 según la naviera, y se recorre entera a pie: no hay coches, casi no hay sombra y hay escaleras. Entre barco y barco tienes unas cinco horas (dos o tres si vas con el ferry de Civitatis). Esto es lo que cabe.

El barco te deja junto a la playa del Carreiro do Mosteiro, una cala de arena entre paredes de granito con el agua más clara de la isla. Al lado, el barrio de pescadores, un puñado de casas, y arriba el restaurante y el camping. Es donde se pasa el rato libre si no quieres andar.

La foto de la isla: un fuerte del siglo XVII sobre un islote, unido a la Berlenga por un puente de piedra en zigzag. Se baja hasta él por escaleras y se vuelve a subir. Dentro hay poco más que las murallas y un bar, como avisa más de una opinión; lo que vale es el camino y las vistas. Con el ferry de dos o tres horas hay que ir «a ritmo rápido».
En lo alto de la isla, por la pista que sube desde el barrio. Es el mirador: la meseta, las otras islas y, si el aire está limpio, la costa de Peniche.
Furado Grande, la gruta Azul, la del Elefante: solo se ven desde el agua. Van en la excursión de 35 € o se contratan en la isla como extra del ferry.
Del muelle a la meseta hay «unas 200 escaleras empinadas», según los propios clientes, y la visita guiada a pie se desaconseja a quien ande con dificultad. Agua, gorra y calzado cerrado.